A pesar de los anuncios grandilocuentes, el acuerdo comercial entre Estados Unidos y China apenas supone un cambio significativo en las tensas relaciones económicas entre ambos países.
Después de meses de tensión y una «guerra de aranceles», Estados Unidos y China anunciaron esta semana haber alcanzado un nuevo acuerdo comercial. Sin embargo, un análisis detallado del mismo revela que, en realidad, esta «tregua» es más bien un regreso a la situación anterior al 2 de abril, cuando las hostilidades se recrudecieron.
Si bien se han reducido algunos aranceles, los niveles siguen siendo históricamente altos y persisten importantes restricciones a la exportación por ambas partes. Temas clave como el acceso de automóviles chinos al mercado estadounidense o la venta de chips de inteligencia artificial de EE.UU. en China no se han resuelto. Incluso el anunciado levantamiento de las restricciones a las exportaciones de tierras raras parece ser más una declaración de intenciones que una realidad tangible.
Más allá de los titulares optimistas, el acuerdo comercial entre Trump y China no supone una distensión duradera en las tensas relaciones económicas entre las dos mayores potencias mundiales. Los aranceles y barreras comerciales siguen siendo enormes, y las perspectivas de una normalización a corto plazo parecen limitadas. Esta «tregua» es, en gran medida, una ilusión.







