La tragedia de la modernidad: del “pienso, luego existo” al vacío neoliberal

a-conceptual-image-illustrating-the-trag_fu5Z5A2dTwyWHQOL2BqjKg_lri1mLVZQlmR0aTKApUWWA
Banner PoscaliHost: Ese hosting es más inestable que mi ex... Por eso me cambié a PoscaliHost.
ADVERTISEMENT

La modernidad se inauguró con una ruptura radical: la huida de los dioses. El mundo dejó de estar habitado por lo sagrado y se convirtió en un escenario disponible para el cálculo y el dominio. El ser humano, erigido en centro de todo,sujeto trascendental en Kant, conciencia que funda la certeza en Descartes, se transformó en medida única del mundo. “Pienso, luego existo” no fue solo una frase: fue el acta de nacimiento de un humanismo antropocéntrico que situó al hombre como sujeto creador de objetos, dueño del cosmos, arquitecto de la historia.

Pero esa exaltación del sujeto escondía una paradoja. En el mismo gesto en que se aseguraba como centro, el ser humano comenzaba a vaciarse. La tragedia de la modernidad es que el hombre, al erigirse como fundamento absoluto, perdió contacto con lo que le trascendía: la tierra, el misterio, la alteridad. En su afán de seguridad, control y orden, sacrificó el sentido. Lo que en un inicio fue emancipación se convirtió en alienación.

En Chile, este drama ha tomado una forma singular y dolorosa: el neoliberalismo. Aquí la modernidad tardía se volvió laboratorio de un modelo que transformó a los ciudadanos en consumidores, a la vida en mercancía y a la educación, la salud y el trabajo en bienes transables. Bajo la promesa de libertad y progreso, se levantó una sociedad donde todo se mide, se calcula, se privatiza. Seguridad y orden se transformaron en dogmas, pero a costa de la insatisfacción existencial más honda: la del sujeto que, reducido a cliente, ha olvidado que es más que un engranaje de mercado.

Hoy Chile encarna esa contradicción. Mientras se habla de crecimiento y estabilidad, se acumula frustración, desigualdad y vacío. El malestar no es solo económico: es espiritual. Es el eco de la huida de los dioses, del olvido del Ser, de una existencia que corre entre malls, deudas y cifras, pero que no logra responder a su necesidad más profunda: habitar con sentido.

La tragedia, sin embargo, puede ser también una posibilidad. Como enseñó Hölderlin, “allí donde está el peligro, crece también lo que salva”. El agotamiento del modelo neoliberal podría abrirnos a un nuevo horizonte: un humanismo no antropocéntrico, donde el ser humano deje de erigirse como dueño absoluto y vuelva a reconocerse como parte de una trama mayor, frágil y compartida. Chile necesita ese nuevo comienzo: no más seguridad vacía, sino comunidad; no más orden impuesto, sino justicia; no más individualismo de mercado, sino cuidado mutuo y reencuentro con lo humano esencial.

La tragedia de la modernidad chilena es la del hombre que quiso ser dios y terminó esclavo del mercado. La tarea es recuperar lo perdido: no dioses que nos dominen, sino un sentido que nos devuelva la dignidad de habitar juntos un mundo vivo.

Nota Editorial

Esta columna corresponde a una opinión personal del autor/a y no representa necesariamente la postura editorial de ClickNews. Las afirmaciones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de quien las emite, en ejercicio de su libertad de expresión amparada por la Constitución chilena y tratados internacionales sobre derechos humanos.