Río de Janeiro se blinda como si estuviese en guerra, aviones de combate surcan los cielos, francotiradores se posicionan en las alturas y el aeropuerto Santos Dumont cierra sus puertas.
No es una invasión: es la Cumbre de los BRICS. Un espectáculo de poder, diplomacia y simbolismo que no solo pone a Brasil como anfitrión, sino que reconfigura el tablero geopolítico mundial. Y con Lula da Silva como maestro de ceremonias, lo que está en juego va más allá de los acuerdos protocolares.
Lo que se disputa es el relato del futuro.El bloque BRICS ese experimento geopolítico nacido en 2010 como alternativa al G7 ha mutado, crecido y se ha diversificado hasta transformarse en BRICS+. Ya no son solo Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.
Hoy hay 11 sillas alrededor de la mesa y todas representan economías emergentes que, juntas, concentran casi la mitad de la población mundial y más del 39% del PIB global.
Y lo más notable: desde 2020, superan en peso económico al viejo club del Norte, el G7. El Sur Global, por fin, empieza a mirar de igual a igual.Lula, el tejedor de futuros.
No es casualidad que sea Lula quien encabece esta cumbre. No hay otro líder en la región con el mismo capital político ni el mismo olfato histórico. Lula no solo representa a Brasil, representa una forma de hacer política que apuesta por el multilateralismo, la paz y el desarrollo sostenible.
En un planeta convulsionado por guerras, crisis climática, IA desregulada y discursos ultranacionalistas, la agenda que impulsa en esta cumbre ,libre comercio, medioambiente, inteligencia artificial con ética, cooperación Sur-Sur y resolución pacífica de conflictos, suena casi revolucionaria. O, al menos, necesaria.
No se trata solo de discursos. Los BRICS discuten hoy temas tan concretos como la desdolarización del comercio, la creación de una moneda digital común, la expansión del banco del grupo y el desarrollo de una gobernanza global de la inteligencia artificial.
En el fondo, lo que se está fraguando es un nuevo contrato social global, donde la voz del Sur no sea subsidiaria, sino protagónica.
Chile: entre la incomodidad y la oportunidad
Y aquí es donde Chile debería tomar nota. Nuestra política exterior ha vivido una suerte de amnesia estratégica. Nos sentimos cómodos mirando al Norte, pero incómodos al pensar en alianzas estructurales con países que no encajan en el molde “liberal-democrático” occidental.
Pero la realidad cambia más rápido que nuestras narrativas.¿Podemos darnos el lujo de mirar con distancia lo que ocurre en Río? No.
Los BRICS están construyendo mecanismos financieros, comerciales y tecnológicos que podrían redefinir los flujos globales y América Latina con sus riquezas naturales, su juventud demográfica y su potencial energético tiene mucho que decir y ganar.
Pero para eso necesita decisión, inteligencia y valentía.Chile no es ni puede ser neutral en esta historia. No basta con ir como observador o limitarse a las relaciones bilaterales de siempre.
Es hora de abandonar el complejo de “país chico que no influye” y construir una política exterior latinoamericanista, ambiental, digital y alineada con los desafíos del siglo XXI.
Y en ese sentido, participar —aunque sea como Estado asociado o articulador regional, en los espacios que abre BRICS+ es no solo sensato, sino urgente.
El Sur se piensa a sí mismo
Lo que está ocurriendo en Río no es una anécdota diplomática. Es historia en tiempo real. Es el Sur «repensándose a sí mismo», construyendo autonomía, diseñando sus propias reglas y apostando por un futuro menos dependiente del viejo orden mundial.

¿Hay contradicciones? Por supuesto. ¿Hay riesgos? También. Pero lo peor que podemos hacer es mirar para otro lado y seguir creyendo que las decisiones importantes se toman solo en Washington, Bruselas o Davos.
Lula, con todos sus claroscuros, encarna esa esperanza imperfecta pero necesaria de que otro mundo es posible. Y Río, esta semana, puede ser el laboratorio donde comience a delinearse.
Lo que falta es que Chile y América Latina dejen de ser espectadores y se atrevan a ser protagonistas.
Porque el futuro no se observa. Se disputa.







