Hay momentos en la historia de un país en que uno siente que el aire dejó de circular. Como si la ventana quedara entornada, el sol se apagara un poco antes de la hora y, de pronto, empezara a oler raro.
No un olor nítido, identificable, sino ese tufo moral y político que antecede a las tormentas largas.
En Chile, pareciera que llevamos años detectándolo, pero solo ahora cuando ya es demasiado tarde, se nos ocurre decirlo en voz alta.
¿En qué minuto se pudrió todo? Es tentador poner el dedo en una fecha, en un apellido presidencial: Lagos, Piñera, Bachelet, Boric.
La verdad incómoda es que la descomposición fue silenciosa, acumulativa y, para peor, compartida.
Un país que quiso modernizarse sin modernizar sus miedos; que habló de desarrollo mientras seguía colgado de un extractivismo que apenas alcanza para flotar sobre un dos por ciento de crecimiento, que se reza como si fuera milagro y no mediocridad estructural.
Y aquí estamos: asustados, cansados y mirando, con resignación, cómo se acerca un ciclo político que promete orden con cara de yeso y progreso con aire a catálogo de los años 80.
Lo más inquietante no es que la amenaza autoritaria resurja: es que muchos la reciban como si fuera un alivio. Como quien prefiere encerrarse en un baño con olor a humedad antes que salir al patio y enfrentar el viento.
Perdimos la fe en construir juntos hace rato, quizá cuando entendimos que “pensar distinto” era tolerable solo hasta que el otro osaba votar distinto.
La convivencia se volvió un ejercicio de sospecha, los vecinos dejaron de ser comunidad y empezaron a ser ruido.
¿Y la educación?
Ese viejo sueño republicano de formar ciudadanos críticos, reflexivos, capaces de mirar el mundo sin miedo y sin odio.
Bueno, quedó archivado en algún PDF del Mineduc, al lado de las reformas eternamente prometidas. Criamos generaciones enteras para rendir pruebas, no para pensar.
Y ahora nos sorprende que prefieran certezas duras antes que preguntas incómodas.
No tengo una respuesta. Mucho menos una salida. Lo único claro es que avanzamos directo hacia un episodio político que se presenta como solución, pero huele más a repetición: otro giro al orden, otro regreso a los discursos del miedo, otro ciclo donde la nostalgia por los “tiempos firmes” se come la memoria de todo lo terrible que esos tiempos traían.
Y como diría Marcelo (permitan la licencia shakesperiana), “algo huele mal en Dinamarca”. Solo que acá la noche ya no es metáfora, el fantasma no advierte, y seguirlo no es un dilema: es lo único que queda cuando el país entero decidió caminar con los ojos cerrados.







